Editorial
SANTA ROSA, LA SOBERANÍA Y LA HERMANDAD LATINOAMERICANA
Santa Rosa, la Soberanía y la Hermandad Latinoamericana
Las recientes declaraciones del presidente colombiano Gustavo Petro, al insinuar un supuesto derecho de Colombia sobre la isla Santa Rosa, han desatado una controversia que trasciende lo meramente diplomático. Estas afirmaciones no solo desafían la verdad histórica, sino que amenazan el principio fundamental de respeto mutuo entre naciones hermanas de América Latina. Frente a esta situación, el Estado peruano ha respondido con claridad y firmeza, reafirmando que no existe controversia alguna sobre la isla Chinería —cuya capital es Santa Rosa de Loreto—, cuya pertenencia al Perú está plenamente respaldada por el Tratado Salomón-Lozano de 1922 y el Protocolo de Río de Janeiro de 1934.
Este episodio no es una simple disputa territorial; es un desafío a la madurez política de nuestros líderes y a su compromiso con la paz y la cooperación regional. La historia nos enseña que los excesos nacionalistas y las decisiones impulsadas por el capricho o la conveniencia política han llevado a conflictos que desangran a los pueblos. América Latina, con su legado compartido de luchas anticoloniales y aspiraciones de desarrollo, no puede permitirse el lujo de repetir errores del pasado.
En este contexto, las palabras de José Martí resuenan con renovada vigencia. En su ensayo Nuestra América, el prócer cubano abogaba por una hermandad profunda entre los países latinoamericanos, no como una quimera romántica, sino como una estrategia vital para enfrentar desafíos comunes. Martí alertaba sobre los peligros de la desunión y la imitación ciega de modelos extranjeros, instando a forjar un destino colectivo basado en la identidad propia y la solidaridad. ¿Qué pensaría hoy al ver a dos naciones hermanas, como Perú y Colombia, atrapadas en un desencuentro alimentado por declaraciones imprudentes?
La soberanía es un pilar innegociable, pero su defensa no debe traducirse en confrontación estéril. La verdadera grandeza de una nación radica en su capacidad para proteger sus derechos sin socavar los lazos de confianza y cooperación con sus vecinos. Las agendas políticas internas o el afán de protagonismo no pueden anteponerse a la necesidad de construir una América Latina unida y fuerte, capaz de dialogar con el mundo desde una posición de dignidad y cohesión.
Es imperativo que los líderes de la región actúen con sensatez, respetando los acuerdos históricos y priorizando el diálogo como herramienta para resolver diferencias. La integración latinoamericana no es un lujo, sino una necesidad urgente en un mundo marcado por la competencia global y las desigualdades. La paz se cultiva con gestos de buena voluntad, con el reconocimiento mutuo y con la voluntad de avanzar juntos hacia un futuro compartido.
Hoy, debemos reafirmar la visión de Martí: una América Latina unida, no por la ausencia de diferencias, sino por la capacidad de resolverlas con respeto y visión de largo plazo. La bandera de la hermandad latinoamericana debe ondear alta, no como un ideal nostálgico, sino como un compromiso práctico para fortalecer a nuestros pueblos frente a los retos del presente y del porvenir.
Por: José Matta Guerrero
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